Cuando era pequeño y empezaba a entender lo que era la vida, clasificaba todas aquellas cosas importantes con una balanza del bien y el mal. Así pues, habían amigos y marcas simpáticas (Efe, Radio Caracas Televisión, Pepsi-Cola, Coyote, Movilnet, etc) y sus contrapartes malditas (Tío Rico, Venevisión, Coca-Cola, Corre caminos, Telcel y demás). Será tontería infantil, pero más de un filosofo intenso vería las chispas de una ética para diseccionar al mundo en esa dicotomía forzada.
Entre esas contiendas como la del Gigante González y el Enterrador (sí, era gigante y estaba desnudo) estaban los tornillos y los clavos. Éstos últimos eran los “malos”, no sé si por la pronunciación de la palabra, por su forma bruta de funcionamiento, o simplemente porque los tornillos se abrieron camino en espiral hasta mi corazón parcializado. Lo cierto es que los clavos terminaron de declararse como mis adversarios cuando sus primos homónimos de la familia de los alimentos se me aparecieron como la última tentación de Cristo. Se duplicaban ahí, adornando la periferia de ese espejo redondo que sostenía una torta que ya ni recuerdo. Se supone que la protegían de las hormigas. Yo no veía como, ya que parecían un chocolate tan apetitoso. Caí en su trampa, me embuché uno de ellos y se liberaron mil diablos en mi boca. Más nunca llegaría a tolerar su olor.
Ayer, de paseo con mi prima por Union Street, se las arregló para meterme en una tienda de jabones maricones. Poco tardaría yo en bajar la guardia y entregarme a ese mundo de esencias y texturas coloradas. En un cartelito leí algo como “people only use toothpaste because they have been taught into it. Break free!” Y ahí abajo del mismo estaban los Toothy Tabs. Me enamoré. Pastillas dentríficas. Las masticas y en segundos te da un ataque de rabia con sabores exóticos. No sólo criticaban la higiene dental (y se ganaban mi simpatía con ello) sino que te invitaban a redimirte ante ella (he fallado en lograrlo por años). También, además, apelaban a mi espíritu incontrolable de consumidor excéntrico, ¡¡y todo envuelto en un aura de economía verde y ética!! En mi fiebre compradora no pude hacer más que por lo menos coger el único sabor con el sello Fair Trade. Vale, tenía café, gengibre y otra cosa más. Debería ser único e irresistible.
Al usarlo en casa, inmediatamente noto un sabor y un aroma peculiar. No podría decir exactamente que lo amo, pero es interesante ¿Que será, qué será? Me impacta como un rayo. Cojo la caja de un manotazo y leo una vez más. Ahí está: “clove”. Lo peor es que le estoy cogiendo el gusto.
Después de tanto tiempo es la misma balanza, sólo que ahora los clavos y tornillos están de un lado, y todas las marcas de refresco, junto a muchas otras instituciones y personas, del otro ¡A algo hay que amar en este mundo!
Entre otras noticias, hoy nos echamos una caminata larguísima. Visitamos la mini villa incoherente que hay al lado del puerto, con sus micro casas llenas de decoraciones de gnomos y sucedáneos. Luego dimos la gran vuelta al puerto para ver delfines del otro lado. Debimos sospechar que en ese mar picado no encontraríamos nada más que un viento inclemente y ahorrarnos tres horas de camino. No lo hicimos. Tampoco tenía los zapatos ni las medias adecuadas para tal excursión. Por lo menos tomamos una birra.