La ciudad se repliega. Las rúas y paseos se enrollan. Los bloques que componen las paredes, todos hermanos, se arrojan desesperados y al impactar se transmutan en niebla de arenisca que desdibuja el panorama, la calzada, las puertas. Los tornillos, por su parte, se zafan de las roscas, o son éstas las que los desalojan, no queda claro. Los cristales pierden el brillo desde adentro; más como un corazón que se pudre sabiéndolo que como un accidente cardíaco. Cuando los enseres y utensilios escapan por las ventanas no encuentran resistencia. Como si los cristales nunca hubieran sido. Las esculturas olvidan quién deberían ser y obedecen a la naturaleza elemental en su último acto.
Absolutamente todo: el mobiliario, los pisos de madera y los de cerámica, los rodapiés, las flores, los árboles, los semáforos, todo, todo se ausenta o desaparece con el rebobinado. Piezas de rompecabezas que se guardan en un estuche inexistente. Sólo el Sol permanece, inflando la niebla ambarina, calcinando el suelo raso.
La gente mira y no hace nada, pero no hay nada que hacer ¿Y las fotografías? ¿y los rayones en las paredes? ¿las facturas, las postales, las cartas de amor, los vestidos sucios, el maquillaje barato, las botellas a medias? Alguno que otro listillo guardará en maletas un par de fragmentos, esperando poder rearmarlo todo con una suerte de trigonometría de la memoria. Será un cálculo tierno.